Fernanda L.C. es una mujer de sesenta años que viene a mi consulta psiquiátrica desde hace diez, diagnosticada de un trastorno depresivo recurrente. De trato muy afable, no es capaz de hallar la razón para su estado y en cada consulta hablamos sobre ello. Hace poco más de un mes, en su última revisión, la encontré preocupada, enfadada y bastante agresiva. Intenté señalarle el estado en que se encontraba y, al poco, se echó a llorar. Entre lágrimas y con mucha vergüenza me confesó que su hermano mayor había abusado sexualmente de ella cuando tenía ocho años. Durante el fin de semana estuvo recogiendo los pocos muebles que quedaban en la casa familiar antes de que entrara el nuevo dueño. Cuando subió al granero, se sintió mareada y se tuvo que sentar; al instante se le vinieron las imágenes a la mente. «Lo vi claro. Fue en verano, a la hora de la siesta, cuando todos dormían. No podía creer que fuera verdad». Pero lo que realmente le preocupaba era haberlo olvidado.

El abuso sexual infantil es una de las formas más graves de violencia contra la infancia, que conlleva efectos devastadores para los que lo sufren. Practicado a lo largo de la humanidad, no se ha tomado en consideración ni se ha perseguido hasta que no han sido reconocidos los derechos del niño.

Según datos del Ministerio del Interior, del total de denuncias por malos tratos a niños, el 28% corresponde a agresiones o abusos sexuales. Respecto al género, se abusa más de las niñas que de los niños. Sin embargo, esas denuncias se corresponden, casi en un cien por cien, a los abusos cometidos por personas adultas del entorno del niño (profesores, entrenadores, monitores, sacerdotes...), de los que la prensa nos ofrece, un día sí y otro, también, un exhaustivo seguimiento: el de Romanones en Granada, el de los Maristas de Sants (Barcelona), el del policía de Burriana (Castellón) o el terrible suceso, que ha conmovido a la población española, de la niña de 17 meses de Vitoria, Alicia, arrojada por la ventana por Daniel Monteñocuando supuestamente fue descubierto por la madre abusando de ella. Pero esto solo es la punta de iceberg de los abusos sexuales. 

El mayor porcentaje de abusos sexuales en la infancia tienen lugar en el ámbito familiar y son los padres, los hermanos, los abuelos... los que los cometen y, de esos, de la mayoría, casi nunca nos enteramos, no aparecen en lo medios y no hay debate público. Alrededor de este tipo de abuso sexual se produce un «pacto de silencio», cuyo origen se remonta a la propia antropología del incesto y en el que se incluye a la víctima que, al no sentirse respaldada por nadie del núcleo familiar --sobre todo de la madre--, también calla, hasta el punto de creerse culpable de todo lo que le está sucediendo.

Por ello, en esas estadísticas no aparecen mujeres como Fernanda ni como Rosa María Luque, la protagonista de mi novela, El poder de la Sombra, (Ediciones Versátil, 2016), publicada ayer 7 de marzo. Rosa María es una escultora de éxito acusada de cometer dos asesinatos. Ella mantiene su inocencia con absoluta convicción a pesar de que todas las pruebas recaen sobre ella. Rosa María sufrió abusos sexuales cuando era pequeña, y ahora, padece amnesia, su mente es un puzle desordenado e incompleto que no recuerda nada.

El olvido es el recurso que utilizan las víctimas para sobrevivir al trauma físico y psicológico que provocan los abusos sexuales. Y sobre todo, para poder seguir viviendo al lado de sus maltratadores. Olvidar, relegar a la parte más profunda de su cerebro todo lo relacionado con lo que les hicieron. 

Rosa María olvidó y continuó con su vida, pero nunca fue la misma. Siempre se producen cambios en el comportamiento, en las actitudes, que pueden alertar de que algo le ha sucedido al niño. Cambios a los que debemos estar atentos porque son indicadores transversales del daño producido. Rosa María era una niña encantadora, sociable y feliz; después de que abusaran de ella se transformó en huraña, introvertida y con problemas escolares. En la adolescencia suelen aparecer conductas de riesgo, promiscuidad sexual, consumo de sustancias... y a largo plazo, en la vida adulta, surgen los trastornos mentales: trastornos de personalidad, depresivos, conversivos, ansiosos, disociativos, aumenta el riesgo de suicidio... Por tanto, se olvida el abuso sexual, pero la existencia de quienes lo han padecido se ve afectada de una u otra manera.

Cuanto más alto lo gritemos, más fuerza moral tendremos para denunciar a los pedófilos que cometen los abusos.

Un día cualquiera, lo que estaba tan escondido, reaparece. Un lugar de la niñez, la muerte del padre o el abuelo, una película, una canción, alguien que nos cuenta cómo abusaron de ella o, como en el caso de Rosa María, encontrarse con una persona relacionada de manera indirecta con el abuso pone en marcha esa zona dormida del cerebro, reactivando el recuerdo. Entonces aparecen las imágenes, los olores, los sonidos... a modo de sensaciones, y a partir de ahí se entra en un proceso de descubrimiento hasta llegar al recuerdo, hasta hacer consciente la auténtica verdad. 

Y por esto tengo que hacer hincapié en el grave problema que supone el abuso sexual en la infancia. Los adultos no podemos ser cómplices, debemos estar alerta y observar a los niños de nuestro entorno: a nuestros hijos, sobrinos y nietos, a los compañeros del cole, a quienes damos clases o talleres... para reconocer los cambios que puedan revelar indirectamente lo sucedido, desterrar los «pactos de silencio» que solo convienen a los maltratadores y, si hay indicios, denunciar. El mejor sistema de prevención es educar a los pequeños en el principio de que se puede hablar de todo y de que probablemente nunca será bueno para él que un adulto le diga: "Esto que hacemos no se lo puedes contar a nadie, es un secreto entre nosotros". 

Precisamente, el mismo día en que sale a la venta El poder de la Sombra comienza en León el juicio contra un monitor de campamento acusado de abusar de dieciséis menores; los más pequeños tenían siete años. La Fiscalía pide para él 232 años de cárcel por unos hechos que ocurrieron en los veranos de 2011 y 2012. No hubo denuncias de las familias de los menores, ningún niño explicó a sus padres lo sucedido. La mujer del monitor encontró en un armario un DVD con imágenes explícitas de los abusos sexuales contra los niños. En su taquilla del trabajo escondía otro DVD. En este caso, quien denunció fue su mujer; las víctimas, unas vez más, callaron.

Sin embargo, hace unos días me contaron una situación que me llenó de esperanza, un caso muy reciente en un campamento en la provincia de Barcelona: un monitor llevó a un niño al baño y quiso hacerle fotos, cuando pronunció esta frase: "Si le cuentas esto a alguien nunca más seremos amigos", el niño tomó consciencia de que había algo que no estaba bien; de inmediato salió del baño, buscó a una monitora de su confianza y le explicó lo que había pasado. No debemos sobreproteger a los niños sino enseñarles a defenderse, y solo podremos avanzar en esta línea si reconocemos la gravedad del problema. Los abusos sexuales contra bebés y niños existen. Cuanto más alto lo gritemos, más fuerza moral tendremos para denunciar a los pedófilos que cometen los abusos. Solo de esta manera se podrán poner en marcha las medidas legales castigadoras, el niño comenzará a desarrollar modos de afrontamiento para adaptarse a lo sucedido, contando con personas que lo aseguran y no lo culpen, para poder así establecer las terapéuticas adecuadas para su reparación. 

El olvido no es una estrategia adaptativa. Olvidar es retrasar; antes o después todo se recordará, como le ocurrió a Rosa María Luque, la protagonista de El poder de la Sombra.

Dña. María José Moreno. Escritora, psiquiatra y profesora de la Facultad de Medicina de la Universidad de Córdoba.

Publicado: 9 de Marzo de 2016