Publicado: 15 de Diciembre de 2023

El estrés se ha convertido en el enemigo público número uno. Todos los mensajes nos alertan de los peligros que encierra. Se conoce que la exposición al estrés precipita la aparición de diferentes trastornos psicológicos, desde la ansiedad y los ataques de pánico hasta la depresión.


Sin embargo, existen diferentes tipos de estrés y todos no son necesariamente negativos. De hecho, eventos positivos de la vida que nos hagan particular ilusión, como puede ser una mudanza, la llegada de un hijo o un nuevo proyecto de trabajo, también pueden generar estrés.


¿Qué es el estrés exactamente?


En la Antigua Grecia, Hipócrates ya se refería a una “enfermedad” como el estrés que combinaba elementos de patetismo (sufrimiento) y ponos (trabajo incesante e implacable). Sin embargo, el concepto de estrés tal y como lo conocemos en la actualidad surgió en 1956, de la mano del Hans Selye. Este endocrinólogo estableció la diferenciación entre el concepto de estrés y el factor estresante, para distinguir entre el estímulo y nuestra respuesta.


Así, la definición de estrés hace referencia a una respuesta psicofisiológica que se activa cuando una situación supera nuestros recursos de afrontamiento habituales. Cuando nos sentimos desbordados por un desafío físico o emocional nuestro cuerpo y mente reaccionan movilizando todos sus recursos para ayudarnos a responder de manera rápida y adaptativa ante la situación. Sin embargo, si el estrés se mantiene a lo largo del tiempo, terminaría agotando nuestros recursos, de manera que podría provocar daños a nivel físico y psicológico.


El mecanismo de acción del estrés


De hecho, se trata de un mecanismo evolutivo que nos activa para afrontar mejor un peligro potencial. La activación del estrés suele seguir un patrón que se repite:


Se produce un evento estresante y el sistema nervioso autónomo desencadena una respuesta inmediata.

La respuesta al estrés activa el sistema nervioso simpático, inundando el cuerpo con hormonas como el cortisol y la noradrenalina.

Esos cambios hormonales agudizan los sentidos, aumentan la frecuencia cardíaca y la presión arterial, aceleran la respiración y sumen el cerebro en un estado de hiperconciencia.

La parte del cerebro responsable de la calma emocional y la relajación física, el sistema nervioso parasimpático, está sobrepasada.

Ese “cóctel neurológico” de hormonas y sobreactivación de áreas cerebrales provoca un estallido de energía y concentración, desencadenando además emociones como la ira, la agresión y la ansiedad.

Cuando nos enfrentamos a un peligro real, esta reacción es muy útil porque nos permite sobrevivir, en especial en entornos particularmente peligrosos como los que existían en el pasado. Sin embargo, nuestra química cerebral de “lucha o huida” se ha mantenido como una característica básica de los procesos psicológicos y se activa incluso cuando no la necesitamos.


Si percibimos que una situación es estresante, se produce esta reacción, sin importar si ese evento representa un peligro real o no, la liberación de hormonas y el estado de hiperconciencia son los mismos. Eso significa que es posible experimentar síntomas físicos intensos con solo pensar en algo estresante. De hecho, el propio Selye afirmó que “el estrés no es lo que te sucede, sino cómo reaccionas ante ello”.


¿Cuáles son los tipos de estrés?


A grandes rasgos, existen dos tipos de estrés: el distrés y el eustrés. El distrés es el estrés negativo que experimentamos cuando nos sentimos desbordados, angustiados y tensos debido a situaciones que percibimos como negativas y amenazantes.


En cambio, el eustrés es un estrés positivo que nos permite reaccionar rápidamente y adaptarnos a los cambios. El problema es que la línea entre el eustrés y el distrés es muy final y fácil de cruzar. De hecho, si las situaciones de eustrés se mantienen a lo largo del tiempo pueden dar lugar al distrés.


1. Estrés basal


La vida cotidiana puede ser estresante. Lidiar con los problemas del trabajo, las obligaciones en el hogar, los compromisos sociales y los conflictos familiares suele producir cierto nivel de activación sostenido a lo largo del tiempo. Se trata de un estrés basal o subyacente con el que nos acostumbramos a lidiar y cuyo nivel varía de una cultura a otra según los retos que presente y de persona a persona según su capacidad para lidiar con esos desafíos.


Un experimento realizado en la Universidad de Radboud Nijmegen comprobó que niveles de estrés basal relativamente elevados actúan como un factor protector ante una situación estresante, generando una respuesta menos intensa del eje hipotálamo-pituitario-adrenal. Eso significa que la exposición a situaciones relativamente estresantes puede ayudarnos a desarrollar nuestros recursos de afrontamiento, de manera que no seremos tan reactivos.


2. Eustrés


La palabra eustrés está formada por el prefijo griego eu, que significa bueno. Por eso, se utiliza para referirse a un nivel de “estrés bueno”. Este tipo de estrés se caracteriza por durar poco, apenas unas horas o un par de días, de manera que no desencadenaría respuestas psicofisiológicas dañinas a medio y largo plazo.


A diferencia del distrés, que genera angustia y ansiedad, el eustrés energiza y motiva. De hecho, a menudo facilita un estado de atención focalizada y gran energía que nos permite afrontar el desafío. Según la Ley Yerkes Dodson, el eustrés genera un nivel de ansiedad óptimo que catapulta nuestro rendimiento. El eustrés sería el responsable, por ejemplo, de que podamos terminar un proyecto de trabajo a tiempo o que encontremos la fuerza en medio de la adversidad o la energía para realizar algo que nos apasiona.


3. Distrés


Estrés agudo


El estrés agudo es una reacción intensa del cuerpo ante una amenaza, ya sea real o imaginada, que puede poner en riesgo nuestro bienestar físico o psicológico. Este tipo de estrés suele producirse de repente y su nivel aumenta rápidamente ya que su principal misión es prepararnos para la lucha o la huida.


El estrés agudo es común tras experimentar una situación crítica e inesperada, como puede ser un desastre natural, una agresión, pero también la muerte de una persona significativa o la pérdida del trabajo. Este tipo de estrés consume una enorme cantidad de recursos fisiológicos y emocionales, de manera que, si no se desactiva a tiempo, puede llegar a provocar síntomas físicos en poco tiempo.


No solo genera una gran angustia, sino que suele conducir a un estado de agotamiento extremo. De hecho, a menudo desencadena síntomas neurovegetativos como mareos, nauseas y palpitaciones. En casos extremos incluso puede provocar desmayos o reactivar viejas patologías.


Estrés acumulativo


Cuando el nivel de estrés es alto y se mantiene a lo largo del tiempo, se hace referencia a un estrés acumulativo o crónico. Cuando nos exponemos constantemente a situaciones que generan tensión y no somos capaces de liberarnos de la angustia que generan, el estrés termina acumulándose y desencadena una serie de reacciones a nivel físico, como la inflamación, que pueden provocar diferentes enfermedades. Este tipo de estrés suele conducir a un estado de apatía y comportamiento desorganizado. Genera ansiedad y preocupación, sumiéndonos en un bucle de negatividad y aprehensión.


Este tipo de estrés es habitual cuando sentimos que perdemos el control de nuestra vida o cuando diferentes circunstancias negativas se concentran en un periodo corto de tiempo y no somos capaces de lidiar con su impacto emocional. De hecho, un estudio realizado en la Universidad de Cambridge comprobó que cuando el nivel de estrés basal se mantiene muy alto durante mucho tiempo, generando un aumento de cortisol sostenido, sin poder relajarnos, afecta el funcionamiento del eje hipotálamo-pituitario-adrenal y conduce a la depresión.


Jennifer Delgado Suárez

Enlace: https://rinconpsicologia.com/tipos-de-estres-eustres-distres/

Imagen: Pixabay