Publicado: 3 de Enero de 2023

La vida moderna nos empuja a acumular una gran cantidad de cosas que no necesitamos mientras la publicidad nos anima a comprar cada vez más. Sin pensar. Sin límites…


Así terminamos asociando nuestro valía como personas al valor de las cosas que poseemos. Como resultado, no es extraño que muchos terminen identificándose con sus posesiones y las ostenten como un trofeo. Viven para mostrar.


Sin embargo, vivir a través de las cosas no es vivir. Cuando nos identificamos demasiado con las cosas dejamos de poseerlas y son ellas las que nos poseen.


La pregunta aristotélica que no hemos sabido responder


La pregunta más importante que podemos hacernos fue la misma que se planteó Aristóteles hace siglos: ¿cómo debo vivir para ser feliz?


La mayoría de las personas no busca la respuesta en su interior. No se pregunta qué le hace feliz, entusiasma o apasiona, sino que se deja llevar por las circunstancias. Y en la actualidad esas circunstancias están marcadas por la sociedad del consumo.


La felicidad, según este nuevo “evangelio”, consiste en llevar una buena vida. Y una buena vida significa, literalmente, una vida de consumo. A ser posible ostentosa para que nuestros vecinos y/o seguidores en las redes sociales puedan envidiarnos.


Sin embargo, apostar por las cosas como vía para alcanzar la felicidad tiene trampa. Debido a la adaptación hedonista, más temprano que tarde acabamos acostumbrándonos a las cosas, pero cuando estas se deterioran o se vuelven obsoletas, dejan de generar esa satisfacción inicial, lo cual nos empuja a comprar cosas nuevas para volver a experimentar esa sensación de euforia. Así cerramos el círculo del consumismo.


Décadas de investigaciones psicológicas demuestran precisamente que las experiencias generan más felicidad que las posesiones. Un experimento muy interesante realizado en la Universidad de Cornell reveló por qué es mejor vivir experiencias que comprar cosas. Estos psicólogos comprobaron que cuando planeamos una experiencia, las emociones positivas comienzan a acumularse desde que empezamos a planear lo que vamos a hacer y se mantienen mucho tiempo después.


Esperar una experiencia genera más felicidad, placer y emoción que esperar la llegada de un producto, una espera que suele estar más llena de impaciencia que de anticipación positiva. Imaginar, por ejemplo, una deliciosa cena en un buen restaurante cuánto disfrutaremos las próximas vacaciones genera sentimientos muy diferentes a la espera desesperante que provoca la llegada de un producto a casa.


Somos la suma de nuestras experiencias, no de nuestras posesiones


Las experiencias son fugaces. Por supuesto. No podemos usarlas como un sofá o un teléfono móvil. No importa cuánto nos esforcemos, no podemos encapsular cada segundo de los momentos más importantes de la vida.


Sin embargo, esas experiencias se vuelven parte de nosotros. No se desvanecen, las integramos en nuestra memoria y a menudo nos cambian. Las experiencias se convierten en una vía para conocernos, crecer y desarrollarnos como persona.


Cada nueva experiencia que vivimos es como una capa que se deposita encima de la otra. Poco a poco nos transforma. Nos brinda una perspectiva más amplia. Desarrolla nuestro carácter. Nos vuelve más resilientes. Nos convierte en personas más maduras. Por eso, aunque no podamos atesorar las experiencias como las posesiones, podemos llevarlas con nosotros toda la vida. Allí donde vayamos, nuestras experiencias nos acompañarán.


Nuestra identidad no está definida por lo que poseemos, es más bien una mezcla de los sitios que hemos visitado, las personas con las que hemos compartido y las enseñanzas de vida que hemos aprendido. De hecho, incluso las malas experiencias pueden convertirse en una buena historia si somos capaces de extraer un aprendizaje valioso.


Es poco probable que comprar un teléfono nuevo nos cambie la vida, pero viajar podría transformar nuestra visión del mundo. No es casual que nuestros mayores arrepentimientos no provengan de haber dejado escapar una ocasión de compra, sino de no haber hecho algo. No habernos atrevido. No haber ido a aquel concierto. No haber hecho aquel viaje. No haber declarado nuestro amor. No haber cambiado vida…


Casi siempre hay una segunda oportunidad para comprar cosas, pero las experiencias no se pueden duplicar. Cuando nos perdemos un viaje o un evento especial, nos perdemos todas las historias que lo acompañan.


Por eso, si queremos minimizar los arrepentimientos al final de la vida, es mejor ampliar nuestro horizonte y priorizar las experiencias. Deberíamos asegurarnos de vivir para tener historias que contar y atesorar en nuestra memoria en vez de dedicarnos a languidecer atesorando cosas.


Jennifer Delgado Suárez

Enlace: https://rinconpsicologia.com/vivir-es-tener-historias-que-contar-no-cosas-mostrar/

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