M. Araceli Sánchez-Raya1, Eduardo Martínez-Gual2, Juan A. Moriana Elvira1, Bárbara Luque Salas1 y Francisco Alós Cívico11Universidad de Córdoba2Fundación Termens 

La importancia de la Atención Temprana (AT) se debe, en buena parte, al creciente aumento de la incidencia y prevalencia de los problemas que afectan al desarrollo de la infancia y que puedan derivar en un trastorno del desarrollo. En este sentido, los datos de estadísticas nacionales señalan que entre un 6%-8% de todos los menores de 6 años presentan trastornos o problemas importantes que influyen en su desarrollo normal (García-Sánchez y Mendieta, 2006). En el presente artículo nos centraremos en los Trastornos del Espectro Autista (TEA) y la intervención desde la AT. 

Los TEA se definen en base a una serie de trastornos cualitativos que responden a los criterios definidos en el Manual Diagnóstico y Estadístico de los Trastornos Mentales. Básicamente, estos trastornos son:

  • Alteración cualitativa de la interacción social y de la comunicación. 

  • Patrones de comportamiento, intereses y actividades restringidos, repetitivos y estereotipados. 

Actualmente, ningún profesional duda de la importancia de la detección precoz como una clave en la mejora del pronóstico global de los niños y niñas con TEA y en la mejora del ajuste y soporte familiar, aunque todavía hacen falta más investigaciones (Artigas, 2007, American Academy of Pediatrics, 2001). Sabemos que existen unas señales de alerta que pueden afectar a los siguientes aspectos: 

  • Interacción social y comunicación recíproca: afectando al lenguaje, la relación social, contacto visual, señalización y otros gestos así como a la ficción e imaginación. 

  • Intereses poco habituales o restringidos y/o comportamientos rígidos y repetitivos. 

El diagnóstico, en el caso de la AT, y en mayor medida en los TEA, supone mucho más que el simple hecho de recoger información y describirla. Supone concretar una serie de síntomas u observaciones acerca de comportamientos particulares, analizarlos, interpretarlos y determinar en qué medida constituyen una forma específica de actuación o respuesta en relación al entorno próximo, cualitativa y cuantitativamente diferente del modo en el que lo hace la mayoría de la población infantil.

Los diagnósticos tempranos, a pesar de que en el caso de menores suponga para el profesional que los realice una dificultad añadida (por las variaciones que a lo largo del tiempo se puedan ir produciendo en los comportamientos o respuestas y que en ocasiones provoquen incluso rectificaciones en el juicio clínico), son fundamentales y necesarios. El diagnóstico precoz conforma un elemento clave en el pronóstico posterior de cualquier cuadro de alteración, y en mayor medida en el caso de TEA. Es a partir de mediados del segundo año de vida cuando las preocupaciones de los progenitores con respecto al desarrollo del lenguaje y las capacidades de relación, se traducen en el inicio de su peregrinación para la búsqueda de una respuesta a esta alteración evolutiva.

Respecto al tratamiento, debemos hablar de la AT como un ámbito complejo que recoge desde un enfoque multidisciplinar actuaciones tanto clínicas como educativas dirigidas a menores de entre 0 a 6 años y a sus familias (GAT, 2000).

En este contexto, muchos de los tratamientos que conocemos hoy día no están suficientemente investigados ni basados en la evidencia, existiendo todavía importantes niveles de improvisación y de falta de sistematización (Primero y Moriana, 2012).

En este sentido, una de las finalidades principales de la AT es brindar un conjunto de acciones optimizadoras y compensadoras que faciliten la adecuada maduración del menor, permitiéndole alcanzar el máximo nivel de desarrollo personal e integración social (GAT, 2005). 

La programación de la AT debe facilitar al menor la posibilidad de interacción con su medio, estimulación ambiental y socio-afectivas en cantidad y calidad óptimas para su desarrollo, respetando el ritmo evolutivo y el nivel de maduración de su sistema nervioso (García-Sánchez y Mendieta, 2006). Los programas de intervención, en este ámbito, son complejos, ya que deben ser multidimensionales e integrales, por lo que requieren de equipos interdisciplinares formados y flexibles en su organización y capacidad de interacción. Estos programas deben ser diseñados teniendo en cuenta las características y necesidades de cada niño y niña y su familia, promoviendo la máxima capacidad de adaptación e integración en sus ámbitos próximos y naturales.

Las particularidades de la población atendida en AT hace compleja la adaptación metodológica de muchos presupuestos basados en la evidencia necesarios para poder apoyar empíricamente los resultados de las diferentes actuaciones desarrolladas (Moriana, 2012). Sin embargo creemos que para la consecución de tratamientos psicológicos eficaces para los TEA, debemos conseguir que el tratamiento sea clínico y psicoeducativo, personalizado, intensivo, desarrollado en todos los ámbitos del paciente y participando de forma coordinada todos los agentes implicados. Para ello debemos dotar a la AT de un rigor científico y metodológico que permita validar tratamientos que puedan ser generalizables y realmente aplicables al contexto asistencial. En este sentido creemos que es muy importante diseñar de forma concreta las actividades, coordinarse con efectividad con otros profesionales y progenitores en diferentes contextos y diferenciar entre, objetivos específicos y el estado global del menor, apostando por intervenciones integrales y holísticas que especifiquen de forma concreta sus objetivos (Sánchez, Martínez, Moriana, Luque & Alós, 2015). Si valoramos cada caso particular, su contexto, características de los progenitores y otros apoyos,  podríamos diseñar un tratamiento personalizado que haya demostrado su efectividad o con componentes o técnicas de varios modelos basados en la evidencia, de forma “pura” o ecléctica, contemplando todas las áreas de trabajo señalados anteriormente y con una periodicidad adaptada a sus necesidades; de esta forma estaremos maximizando las posibilidades del menor, progenitores, profesionales y ajustando la intervención teniendo en cuenta el equilibrio costes-beneficios orientado todo ello, a obtener el resultado de máxima calidad asistencial.

El artículo completo puede encontrarse en la 

Revista Psicología Educativa

Sánchez-Raya, M.A., Martínez-Gual, E., Moriana Elvira, J.A, Luque Salas, B. y Alós Cívico, F. (2015). La atención temprana en los trastornos del Espectro Autista (TEA). Revista de Psicología Educativa, 21 (1), 55-63.

Publicado: 4 de Noviembre de 2015