Si pedimos a un grupo de personas que evalúen su calidad de vida obtendremos respuestas como “buena”, “regular”,  “baja”, “alta” o incluso “no me puedo quejar” o “podría mejorar”. Todas ellas podrían ajustarse a una escala de medida o cuantificarse mediante un cuestionario. Sin embargo, si a ese mismo grupo de personas le preguntamos “qué han tenido en cuenta para responder” descubriremos la diversidad existente entre los aspectos considerados. Algunos harán referencia a la salud, el trabajo o aspectos económicos (lo que podemos llamar su realidad), otros se centrarán en aspectos sociales y/o familiares, y otros simplemente describirán sentimientos o emociones relacionados con la felicidad o el bienestar (su percepción).

Esta situación refleja perfectamente las dificultades que surgen cuando intentamos obtener conclusiones sobre la calidad de vida. El hecho de que el constructo “calidad de vida” incluya un rango tan extenso de situaciones, dificulta la posibilidad de tener instrumentos de medida que proporcionen datos válidos y comparables; lo que nos lleva a las dos preguntas clave que resumen los grandes retos en la investigación sobre la calidad de vida, ¿qué es la calidad de vida? y ¿qué están considerando las personas cuando la evalúan?

Numerosos investigadores han intentado dar respuesta a estas preguntas desde diversos ámbitos como son la psicología, la salud, la educación, la economía o la política, lo que ha generado un gran volumen de investigaciones basadas en distintas aproximaciones. 

Desde las ciencias sociales se han desarrollado principalmente dos ramas descritas por Schwartzmann (2003): la investigación del concepto de felicidad desde la psicología y el estudio de indicadores sociales en la sociología. En ambos casos, la preocupación principal es el entorno de las personas, destacando el componente más privado de la calidad de vida, que es definida como la “experiencia que las personas tienen de sus propias formas y condiciones de vida” (Casas, 2004, p. 309). Esta definición aúna la realidad y la percepción ya que hace referencia a elementos objetivos, como son las condiciones de vida en sí mismas, y a elementos subjetivos que reflejan la experiencia que las propias personas tienen de dicha situación. Además, presenta un escenario desde el que es posible dar respuesta a las tres necesidades principales en el terreno de la medición: desarrollar un conjunto de indicadores de calidad de vida; generar instrumentos de medida que reflejen dicha definición y que permitan capturar los aspectos determinantes del constructo; y proponer una evaluación extensible a diferentes grupos nacionales e internacionales que permita comparar distintos grupos, con el mínimo nivel sesgo posible. 

En el abordaje de las necesidades descritas, los diseños mixtos que combinan metodologías cuantitativas y cualitativas representan la apuesta más prometedora de los últimos años, ya que integran hallazgos de distinta naturaleza con el objetivo de alcanzar una visión más global y sofisticada del fenómeno estudiado. Una de las propuestas más avanzadas consiste en la aplicación de procedimientos cualitativos para explicar e interpretar los resultados cuantitativos procedentes de la evaluación de la calidad de vida. 

Concretamente, se han utilizado datos cualitativos procedentes de entrevistas con personas que habían respondido a diferentes preguntas sobre calidad de vida para indagar sobre los mecanismos desarrollados durante la generación de las respuestas al cuestionario, y por tanto, para identificar elementos relacionados con distintas interpretaciones (Benítez, Padilla, y Van de Vijver, 2015). 

Los resultados obtenidos en estos estudios reflejan varios aspectos relevantes. En primer lugar, se ha observado que la experiencia subjetiva es fundamental a la hora de evaluar la calidad de vida. Dos personas en la misma situación objetiva pueden hacer evaluaciones muy diferentes de su calidad de vida, lo que supone una gran dificultad a la hora de resumir datos a nivel grupal o incluso realizar comparaciones individuales. En la vertiente internacional, los datos demuestran el impacto del contexto y de las convenciones sociales en el proceso de respuesta realizado al responder preguntas sobre calidad de vida, lo que supone un reto a la hora de realizar estudios comparativos.

A la vista de los resultados, quedan claros los retos futuros en este ámbito de investigación. Por un lado, es necesario centrar los esfuerzos en el diseño de preguntas que capturen de manera invariante los mismos componentes de la calidad de vida, lo que implica dar indicaciones claras sobre el objeto específico de evaluación en cada pregunta y la ventana temporal que el participante debe manejar. Por otra parte, deben potenciarse estudios transculturales que persigan la fragmentación del concepto de calidad de vida en aspectos globales (éticos) y propios de los grupos específicos (émicos).

La importancia de la calidad de vida en la sociedad ha propiciado los múltiples avances ocurridos en los últimos años, aunque la complejidad del constructo provoca un proceso interactivo en el que continuamente se plantean nuevos retos a resolver. Entre ellos, conocer qué pesa más en la evaluación de la calidad de vida: “la realidad” o “la percepción”. 

El artículo completo puede encontrarse en la Revista 

Papeles del Psicólogo

Benítez, I. (2016). La evaluación de la calidad de vida: retos metodológicos presentes y futuros. Papeles del Psicólogo, 37 (1), 69-73.

Referencias:

Benítez, I., Padilla, J.L., y Van de Vijver, A.J.R. (2015). The qualitative assessment of bias: Contributions of Cognitive Interviewing methodology to the bias definition. 13th European Conference on Psychological Assessment (pp. 27). Zurich: Universidad de Zurich.

Casas, F. (2004). De afrontar problemas sociales a promover la calidad de vida. Revista de Historia de la Psicología25(4), 305-322.

Schwartzmann, L. (2003). Calidad de vida relacionada con la salud: aspectos conceptuales. Ciencia y Enfermería9(2), 9-21.


Publicado: 15 de Julio de 2016