Publicado: 20 de Octubre de 2021

El escepticismo, la duda, los matices y la razón no están pasando por su mejor momento. En los últimos tiempos las narrativas se han homogeneizado excluyendo a todo aquel que disienta y piense diferente.


Cual supermercado, esas narrativas se promocionan y venden en paquetes. No existe la posibilidad de personalizar. Si algo no te agrada o detectas puntos discordantes, automáticamente pasas al lado opuesto del discurso porque solo se contemplan dos posiciones: a favor o en contra. Solo hay buenos o malos.


Esa polarización extrema no deja espacio para la crítica o la duda razonable. En lugar del diálogo se instaura una discusión de sordos en la que vuelan los insultos y los ataques ad hominem. Cada quien se parapeta detrás de su verdad y la defiende a capa y espada, convirtiendo al otro en su enemigo.


En el reino del pensamiento totalitario, tener ideas diferentes es un crimen. Y siempre hay fanáticos defensores de la verdad dispuestos a castigar a quienes disientan, duden o simplemente piensen. Esa es la dinámica que durante siglos han seguido muchas religiones y que amenaza con extenderse por nuestra sociedad bajo la forma de fact-checkers con ínfulas de funcionarios del Ministerio de la Verdad.


Sin embargo, los Ministerios de la Verdad que han existido a lo largo de la historia no han favorecido el progreso, más bien al contrario. La evolución proviene del encuentro de ideas diferentes, de la sinergía de los contrarios y la unión de universos aparentemente inconexos.


La incapacidad para aceptar las contradicciones, dualidades y ambigüedades recrudece la creencia de que uno está en lo cierto y el otro se equivoca, difumina el pensamiento racional y consolida el dogma y la rigidez mental. En cambio, “la señal de una inteligencia de primer orden es la capacidad de tener dos ideas opuestas presentes en el espíritu al mismo tiempo y, a pesar de ello, no dejar de funcionar”, en palabras del escritor Scott Fitzgerald.


Rescatar el escepticismo radical de Pirrón


Siempre hay alguien, en algún lugar, que no estará de acuerdo contigo. Por muy lógicas, sensatas o documentadas que te parezcan tus ideas, siempre habrá una segunda opinión, una perspectiva diferente o, cuanto menos, una duda razonable.


Juan cree que los gobiernos de izquierda son mejores. Pablo opina que los de derechas. Juan cree que las vacunas son seguras. Pablo no está tan convencido. Juan está a favor de la eutanasia. Pablo en contra… Y así, ad infinitum.


Lo único cierto es que en la vida no hay respuestas fáciles ni atajos. Todo tiene dos caras. Esa es el principio central del escepticismo que propuso Pirrón de Elis, el primer filósofo escéptico que convirtió la duda en su problema central.


Pirrón comenzó constatando algo que la sociedad occidental parece haber olvidado o que, al menos, ya no practica: todo tiene dos caras y todos estamos invariablemente ligados a nuestras opiniones, creencias y pensamientos. Por tanto, siempre veremos el mundo de manera diferente a los demás.


Cuentan que Pirrón acompañó a Alejandro Magno en su viaje a la India, donde conoció a yoguis y sadhus que le hablaron de la filosofía budista, la cual lo ayudó a comprender la coexistencia de los opuestos y el hecho de que nuestro conocimiento del mundo es limitado, a menudo sesgado y permeado por nuestras experiencias, expectativas y sentidos.


Eso conduce al segundo supuesto del escepticismo radical: debemos tener en cuenta que cualquiera de nosotros, o incluso todos, podríamos, en cualquier momento, estar equivocados. De hecho, la historia lo ha demostrado infinidad de veces. Por tanto, nadie puede hacerse garante de la verdad y nadie debe ser inmune al escrutinio y la discrepancia, independientemente de su posición social, su poder o sus conocimientos.


Pirrón fue un paso más allá. No se limitó a dudar, cuestionar las cosas y desafiar las creencias arraigadas, afirmó que no hay manera de conocer lo que es verdadero. Su escepticismo radical no significa que todos los argumentos tengan igual validez o que algunos no sean más lógicos o contrastados que otros, significa que no podemos creer que somos poseedores y guardianes de una verdad absoluta y que los otros se equivocan. Significa que debemos dejar espacio para la discrepancia y el cambio.


De hecho, Pirrón pensaba que dedicamos demasiado tiempo y esfuerzo a exigir respuestas definitivas donde solo puede haber duda y ambigüedad. Dedicamos una energía psicológica descomunal a discutir, enfadarnos y criticar a quienes piensan diferente, una actitud que termina condenándonos a la infelicidad y la parálisis mental.


Epoché, la habilidad para suspender el juicio


La palabra “escéptico” proviene del griego skeptikós, que significa “el que examina”, y de la raíz indoeuropea spek que significa “mirar” u “observar”. Por tanto, el escéptico no es solo aquel que duda, es fundamentalmente un investigador que observa la realidad.


Sin embargo, si observamos la realidad a través de nuestras creencias, estereotipos y expectativas nos formaremos una imagen tergiversada y sesgada. Para abrazar el escepticismo y abrirnos a todas las posibilidades necesitamos desarrollar lo que Pirrón llamaba epoché, que significa “la suspensión del juicio”. ¿Cómo se logra? Evitando los dogmas sobre los pensamientos y las percepciones. O sea, aceptando la duda, la ambigüedad y la contradicción del mundo.


Pirrón propuso un método para suspender el juicio: reunir argumentos a favor de ambas posturas en una disputa hasta que lleguen a la isósteneia; o sea, tengan la misma fuerza. Eso nos permitirá concluir que existen diferentes opiniones sobre un tema, de manera que lo más sensato es suspender el juicio – entendido como una evaluación moral de lo que es bueno o malo, correcto o incorrecto.


Por supuesto, el escepticismo radical no significa que no podamos debatir sobre un argumento y defender nuestra opinión. La crítica sincera siempre es legítima. Pero debemos ser conscientes de que es solo eso: nuestra opinión.


Para aplicar la epoché sería bueno iniciar cualquier conversación con la frase: “esta es solo mi opinión”. Así podemos aprender a discrepar siendo conscientes de que nadie tiene la última palabra ni puede reclamar para sí el derecho de decidir lo que está bien o mal. Necesitamos renunciar a la necesidad de tener certezas absolutas y admitir que nuestras creencias pueden ser corregidas.


Hacer espacio a la contradicción


Reconocer los límites de nuestra comprensión aporta un gran beneficio: evita que nos enzarzemos en discusiones inútiles y nos ahorra todas esas emociones negativas que se suelen desencadenar. Aprendemos a dejar ir la necesidad de defender dogmáticamente nuestros puntos de vista porque no podemos tener la certeza al 100% de que son correctos. Dejamos de discutir sobre temas que no van a ninguna parte. Dejamos de pensar que somos los dueños de la verdad y, sobre todo, nos abrimos a puntos de vista diferentes que pueden enriquecer nuestra visión del mundo.


Necesitamos recuperar esa habilidad a la que hacía referencia Scott Fitzgerald, la habilidad de albergar en nuestra mente ideas contradictorias y sentirnos relativamente cómodos con la ambigüedad porque el mundo es un sitio complejo y no tiene respuestas simples. Nos movemos en un entorno de matices donde casi nada es blanco o negro. Abrazar los extremos polariza nuestras actitudes y empobrece nuestro razonamiento.


Por eso, necesitamos recuperar la disensión razonada y la crítica constructiva, la humildad intelectual y la flexibilidad mental. Necesitamos pensar más y moralizar menos. Los conflictos siempre van a existir. Las opiniones diferentes no desaparecerán. Si queremos convivir necesitamos hacer espacio al escepticismo radical – o al menos a esa pizca de escepticismo necesaria para abrirnos a nuevas posibilidades y comprender que no somos dueños de la verdad absoluta.


Cuando desarrollamos la epoché, cuando finalmente nos abrimos a la ambigüedad y abrazamos el escepticismo, podemos lograr ese estado de ataraxia al que aspiraban los antiguos filósofos griegos que hoy podríamos traducir como serenidad mental. Es una apuesta que vale la pena, tanto por nuestro equilibrio mental como por el equilibrio social.


Jennifer Delgado Suárez

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